
LA HABANA, Cuba – La pasada semana reapareció en público Fidel Castro. Lo más significativo fue su comparecencia ante los embajadores cubanos acreditados en el extranjero. Por esa ocasión el programa careció de la conducción sonriente, mullida y sumisa de Randy Alonso, siempre dispuesto a recordar el tema sobre el que se esté hablando.
Pienso que el solo hecho de ser espectador de ese encuentro bastará a cualquier persona sensata para saber a qué atenerse. Lo más interesante —con mucho— no fue la lectura —a veces fluida; otras, mucho menos— de diversos escritos, sino las respuestas que dio el compareciente a las inteligentes preguntas formuladas por quienes sirven fielmente al régimen en el frente exterior.
Por supuesto que los diplomáticos, en sus interrogantes, fueron disciplinados al ajustarse al tema ahora escogido por el Primer Secretario del partido único: la crisis del Golfo Pérsico. Un buen ejemplo: la última pregunta, que versó sobre la posibilidad de que Israel, siguiendo su propia agenda, ataque a Irán por su cuenta e involucre a los Estados Unidos en las hostilidades.
Ya sabemos que los políticos habilidosos rehúyen los temas vitandos. Pero este caso era distinto: la pregunta mañosamente formulada por el Embajador en Níger daba pie para arremeter Estados Unidos, país a quien los comunistas y sus aliados culpan de todas las desgracias del mundo. Ahora hasta lo han responsabilizado por las bombas que una pareja de fanáticos suicidas sunitas detonaron en una mezquita iraní.
Pese a ello, por alguna razón que quedará escondida en las circunvoluciones cerebrales de Castro, él no respondió, sino que divagó. También insistió en la inevitabilidad de la guerra atómica y volvió a inquirir qué harán los países latinoamericanos con sus productos, una vez que, como consecuencia de la hecatombe nuclear, “desaparezca el mercado”.
Yo, sin contar con equipos de asesores, reitero que, si se llega a la guerra, será convencional. En cuanto a lo preguntado a los burócratas y especialistas del Instituto de la Economía Mundial, sólo sé que nuestra Patria no se vería afectada aunque se cumpliesen las macabras profecías del Reflexionante en Jefe: como Cuba no vende ni azúcar, no tiene que preocuparse por la desaparición del mercado.
Mientras tanto, felizmente sigue recuperándose por horas el licenciado Guillermo (Coco) Fariñas, héroe indiscutible de nuestro tiempo. El pasado domingo, celebrando el Día de Nelson Mandela, la Televisión Cubana exhibió la película Invictus, excelente clase práctica sobre el espíritu que debe primar en la transición democrática, que se acerca con cada día que pasa.
Continúan las excarcelaciones de presos políticos, pero acompañadas hasta el momento por su destierro hacia España. En cierta medida uno puede llegar a entender que si el régimen —arbitrariamente— quiere que sus cautivos de conciencia marchen directamente de la prisión al exilio, los suelte a cuentagotas, pues necesita que cada uno de ellos —y también sus familiares— reciba visa y pasaje, amén de pasaporte y ropa a la medida para que los excarcelados causen la impresión menos mala posible.
¿Pero por qué no liberan a los que han expresado su deseo de permanecer en Cuba? ¡A éstos sólo necesitan abrirles las rejas! La prolongación de su encierro constituye una prueba adicional de la protervia del castrismo.




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