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Opinión

LA PELÍCULA

Hace poco se terminó de filmar una película que fue tesis en la escuela internacional de cine de San Antonio de los baños, en La Habana. Un equipo de trabajo compuesto por un argentino, un uruguayo, un colombiano y un chileno, hicieron tomas del pueblo de Jaimanitas, entrevistaron a personajes notables de la vida pública, de todos los orígenes y clases sociales, hilaron una historia de amor y lo que comenzó como tesis terminó en una película.

Llegó en formato DVD a la Casa de la Cultura, dependencia estatal radicada dentro del antiguo cine Caribe, el único del pueblo, inutilizado hoy por la ausencia de techo y el deterioro de las butacas. Donde antes estuvieron la taquilla y el lobby funciona ahora la dirección de la Casa de la Cultura. La película aún no se ha estrenado en ninguna parte, pero ha sido solicitada por la Seguridad del Estado para revisarla.

Aparecen en ellas muchas calles de Jaimanitas, sobre todo 226, “el itinerario de Fuster”, una ruta que penetra al pueblo desde la Quinta avenida por 226 hasta su casa-taller, todas las viviendas a ambos lados están cubiertas con figuras de cerámicas de este pintor jaimanitense de reconocimiento internacional, constantemente visitado por extranjeros que vienen a ver y comprar sus cuadros.

Aparece en la película Héctico El tortillero, con su guitarra en El rumbo cantándole a los turistas y pidiéndoles tragos, luego se los lleva alquilados para su casa. Aparece El rasta solicitando a gritos que lo saquen del país. Margot con su pizzería, sobornando a los policías para que la dejen seguir en la “lucha”. Fidelito, el borracho del pueblo, bamboleándose todas las noches por las calles, sin rumbo, repitiendo al dedillo los discursos del comandante en jefe, imitándolo a la perfección cuando dice ¡Ningún enemigo podrá jamás doblegarnos! ¡Estamos en el momento decisivo!

La ponchera del difunto Montufar, artista del trabajo que dejó su sello de voluntad en los hombres que siguieron inflando gomas y cogiendo ponches con sus aparatos inventados. La carnicería estatal, vacía. La bodega, con letreros llenos de consignas revolucionarias junto a listas de consumidores que no han pagado los efectos eléctricos repartidos en la revolución energética. La playa, en un estado deplorable, y la Vía Blanca, como calle distintiva del hacinamiento característico de ese poblado costero del noroeste de La Habana.

El equipo de aprendices a cineastas estuvo moviéndose libremente por el pueblo durante dos meses. Interactuaban con la gente. Comían panes con pasta y refrescos instantáneos en la cafetería y fumaban cigarros criollos como los cubanos. De vez en cuando se tomaban una botella de chispa de tren que los impulsaba a improvisar escenas. Andaban en una guagua de la escuela de cine, con cámaras de mano y a veces utilizando trípodes.

Una vez los abordé en la curva de la calle donde vivo. El uruguayo intentaba tomar el ángulo preciso del peligro en la parte más cerrada de la curva. Permanecieron largo rato con la cámara fija filmando. Tal vez en el guión necesitaban algún percance y querían utilizar el modo más objetivo de captar un suceso verídico.

Le hice algunas preguntas. Supe que estaban en el último año de la carrera, que filmaban una historia sobre el pueblo para presentarla en sus tesis de curso, que escogieron a Jaimanitas al azar, pero les resultó tan extraña y sugestiva como el Macondo de García Márquez. Le dije que opinaba lo mismo, precisamente me dedicaba a escribir historias increíbles vividas a diario en aquel suburbio.

Les presenté a Pequeco y a Gretel, una pareja que más tarde los inspiró a centrar la historia en la pasión que vivían. A pesar de las diferencias de caracteres, la estrechez del período especial y sus peleas continuas, siempre terminaban reconciliados. Gretel regresaba con dinero al cuartucho luego de haberse acostado con algún turista y Pequeco le echaba el brazo encima y la besaba.

La película termina con unas palabras de Pequeco:

–A lo único que le tengo miedo en esta vida es a morirme de hambre.

beilycorrea@yahoo.es

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